viernes, 11 de abril de 2014

Feria Regional del Libro y la Lectura en Cajamarca :: PRONTO ::



James Becerra me invita a hacer una Feria Regional del Libro y la Lectura en Cajamarca, en donde habrán también, mesas de debate a bordo del acto creativo, como una experiencia lectora, íntima, así como rigurosa. El encuentro (ya casi de tercera dimensión estos días de whatsapp y de zombies ambulantes) tendrá la gozosa idea de intercambiar, exponer y vender libros. Congreguémonos alrededor de recitales, conferencias, intervenciones musicales, pintura al aire libre, puestas en escena, cuentacuentos, chistes, y cuanta improvisación tenga a bien planear su caída libre y vertiginosa desde cielos y sueños. Se está trabajando en ello, arduamente. Los escritores, artistas en general, trabajadores de la palabra y la lectura, personas todas, serán bienvenidos a este noble esparcimiento de causa marciana. Quienes se apunten recibirán un premio sorpresa, de este su difusor de la buena nueva, letrada.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Alvarado Tenorio presenta sus dos nuevos libros en el maqui de Armenia





El polémico poeta y ensayista Harold Alvarado Tenorio presentará este sábado 29 de marzo en el Museo Maqui de Armenia sus dos nuevos libros publicados en España por el editorial Agatha de Palma de Mallorca.
Se trata de su voluminosa antología crítica de la poesía colombiana del siglo XX titulada Ajuste de cuentas, con un prólogo de Antonio Caballero. El volumen, que tiene en la portada una foto de Jaime Jaramillo Escobar cuando vivía en Cali durante los años sesenta y escribió su prestigioso Los poemas de la ofensa, fue diseñado por el artista mallorquín Bernart Torrandell. El otro volumen, de poemas, del autor colombiano que hizo estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, con una de las primeras tesis aceptadas en España sobre la obra de Jorge Luis Borges, se titula De los gozos del cuerpo y cuenta con una presentación del crítico armenita Ángel Castaño Guzmán y un texto de solapa de Pablo Felipe Arango.
Alvarado Tenorio es Premio Simón Bolívar de periodismo y Arcipreste de Hita de poesía, fue Profesor Titular de la Cátedra de las Literaturas de América Latina de la Universidad Nacional de Colombia y trabajó en New York y Beijing para The Marymount Manhattan College y la editorial China hoy, donde publicó una extensa antología de la poesía amorosa china en colaboración de ocho traductores de esa nación. Alvarado dirige hace más de dos lustros la revista de poesía Arquitrave y ha sido traducido al alemán, árabe, chino, francés, griego, inglés, italiano, portugués y rumano e incluido en repertorios como  Antología crítica de la poesía colombiana, de Andrés Holguín, (Bogotá, 1974), Antología de poesía latinoamericana, del Grupo Latinoamericano y del Caribe de Beijing, (Beijing, 1993), 100 Autores colombianos del siglo XX, de J.G. Cobo Borda, R.H. Moreno Durán, S. Gamboa y D. Saldívar, (Madrid, 2006), Revista Nacional de Cultura, número antológico 1938-2006, (Caracas, 2006), La hora sagrada, XIII encuentro de poetas iberoamericanos, de A.P. Alencart (Salamanca, 2010), Poesía colombiana, antología 1931-2011, de Fabio Jurado Valencia (Bogotá, 2011), Um país que sonha, cem anos de poesía colombiana, de Lauren Mendihueta, traducciones de Nuno Júdice, (Lisboa, 2012) y Crónicas, de Juan Esteban Constaín, Bogotá (2014).

Harold Alvarado Tenorio

domingo, 9 de marzo de 2014

Harold Alvarado Tenorio y la crítica como el arte de la lucidez




Por Orlando Mejía Rivera.

"Tú de verdad escribes sobre literatura 
de la única manera que le resulta interesante a todo el mundo, 
salvo a los académicos, 
como una ocupación real semejante a la banca o a follar, 
con todas sus servidumbres de egoísmo, 
aburrimiento, excitación y terror".

Carta de W.H. Auden al gran crítico Cyril Connolly



Existen nombres propios que terminan representando cualidades, defectos o tendencias colectivas. En literatura ellos aluden a ideologías, sentimientos o estéticas. Lo "proustiano" o lo "kafkiano" o lo "macondiano" son ya adjetivos enciclopédicos. Sin embargo, otros nombres son sinónimos de amores u odios. En Colombia el nombre de "Vargas Vila" significó para los políticos e intelectuales de la hegemonía conservadora y católica de la época lo "demoníaco, monstruoso, impío, bellaco", etcétera. Pero, ahora, en estos tiempos de las "costumbres civilizadas" en las que nuestros escritores e intelectuales son, en una proporción escandalosa, muñequitos ególatras, lacayos agradecidos, limosneros indignos, estrellitas de farándula, cobardes aduladores y lagartos de la fama otorgada por los analfabetas que nos gobiernan, es saludable que existan personajes como Harold Alvarado Tenorio.

Por supuesto, cuando digo "Alvarado Tenorio" me refiero al nombre propio que agrupa una legión de "yoes" contradictorios que lo habitan: el exquisito poeta, el terrible borracho, el lúcido crítico, el chismoso cruel, el erudito asombroso, el paranoico peligroso, el moralista confuciano,  el  sibarita  alucinado,  el  certero  panfletario  incendiario,  el  parodiador  de clásicos, el gigantesco guerrero con cara adusta de legionario medieval, el niño solitario y triste al que lo abandonó su amigo imaginario y que ha deambulado por calles y literaturas durante más de cincuenta años de su vida, con el verbo y la pluma con que ha derrumbado tantos ídolos vacuos, como también ha ejercido, a veces, la injusticia contra algunos que no lo merecían.



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Sin embargo, el autor de Ajuste de cuentas. La poesía colombiana del siglo XX (Editorial Agatha, Palma de Mallorca, 2014) ha escrito un libro deslumbrante y voluminoso (660 páginas) que, desde ya, será un referente indispensable en la verdadera historia de la cultura colombiana. Su prologuista, el indomable Antonio Caballero, quien afirma que "creo ser uno de los muy pocos amigos que le quedan en la vida a Harold Alvarado Tenorio, poeta desaforado y paranoico, crítico errático y contradictorio y paranoico, persona habitada por muchos demonios", ha sido un tanto injusto con su autor, tal vez huyendo de las complacencias  del  elogio  y  dándole  a  Tenorio  cucharadas  de  su  propio  medicina "sulfurosa", al decir que: "debo decir que este libro es muy divertido, a su malévola manera. Descuidado, como dije atrás. Irregular: párrafos espléndidos alternan con otros de prosa desaliñada. Enredado, caótico, escrito como por erupciones venenosas de palabras y de imágenes, y que casi en cada página cede a la tentación de dar absurdas explicaciones ideológicas a los caprichos del autor. Salpicado de obsesivas y repetitivas y fatigantes enumeraciones de nombres de las personas que el autor aborrece, que son todas, y de incursiones no muy felices en el género de la economía política".

En realidad, buena parte de este libro contiene "párrafos espléndidos" o, por lo menos, bien escritos, y la contextualización de los poetas, en su momento histórico, son casi siempre afortunadas y, en ocasiones, novedosas. Estamos, a mi modo de ver, ante uno de los libros de crítica literaria poética más importantes de los últimos cien años en Colombia, al lado de los ensayos de Gutiérrez Girardot y de algunos fragmentos de Andrés Holguín y Gustavo Cobo Borda. La clave orientadora de esta antología se encuentra en el siguiente párrafo del libro, cuando al criticar la burocracia de la Casa Silva dice: "Todas esas enormes sumas fueron dilapidadas en eventos espectaculares como las suntuosas ediciones de la llamada Historia de la poesía colombiana donde se ha ignorado, como en los tiempos de Stalin y a conveniencia de los directores de la Casa, los poetas incómodos u odiados".



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Ajuste de cuentas es, entre otras cosas, la respuesta heterodoxa y alternativa al canon oficial de la poesía nacional del libro publicado por la Casa Silva. Sin embargo, Harold no comete el error de "ignorar" a los poetas que "detesta", sino que los incluye también, a pesar de sí mismo,  y  aunque  cuenta  de  sus  mezquindades  como  seres  humanos,  también  sabe reconocer su obra cuando la estética lo convence. Los poetas escogidos por Harold alcanza la  cifra  de  cincuenta:  los  modernistas  Julio  Flórez,  José  Asunción  Silva,  Guillermo Valencia, Luis Carlos López, Porfirio Barba Jacob, Claudio de Alas, Miguel Rasch Isla; los Nuevos como León de Greiff, Luis Tejada, Luis Vidales, Jorge Zalamea, Aurelio Arturo; los piedracielista Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez, Helcías Martán Góngora, Antonio Llanos, Eduardo Carranza; los poetas agrupados alrededor de la revista Mito: Álvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Olga Chams Eljach, Jorge Gaitán Durán, Fernando Arbeláez, Gabriel García Márquez, Eduardo Cote Lamus; los nadaístas Gonzalo Arango, Jaime Jaramillo Escobar, Mario Rivero, Amilkar-U, Juan Manuel Roca, Vidal Echavarría; el grupo de la generación desencantada: Alberto Rodríguez Cifuentes, Armando Orozco Tovar, José Manuel Arango, Giovanni Quessep, Elkin Restrepo, Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard (que es el personaje de ficción de la novela Sin Remedio de Antonio Caballero), Raúl Gómez Jattin, María Mercedes Carranza, Juan Gustavo Cobo Borda. Por último, menciona a los poetas de la época de "La república del narcotráfico" (de los ochenta del siglo XX hasta la actualidad): Piedad Bonnett, Eduardo García Aguilar, Hernán Vargas Carreño, John Better Armella, Jorge García Usta, Rómulo Bustos Aguirre, Miguel Iriarte Díaz-Granados y los recientes Mauricio Contreras Hernández, Fernando Molano Vargas, Antonio Silvera Arenas y el poeta de Riosucio Edgar Trejos.

Es posible que sobren varios, pero no falta ninguno. Como refiere, con evidente ironía, Caballero: "Y bastantes se quedan por fuera: el engolado José Umaña Bernal de los años treinta, el laborioso Andrés Holguín de los cincuenta, el pomposo William Ospina de los noventa, el ilusionado Fernando Denis de después del año dos mil". Claro está que algunos de los nombrados y citados están ahí para ser desmitificados por Harold: Eduardo Carranza, Álvaro Mutis, Gonzalo Arango, Mario Rivero, Juan Manuel Roca, Piedad Bonnett, Rómulo Bustos  Aguirre y  Miguel Iriarte Díaz-Granados. Por  ejemplo, de  la  obra de  Gonzalo Arango dice: "Una obra que ha envejecido prodigiosamente, demostrando cómo era de pobre su prosodia y su sintaxis y su vocabulario. Casi todo suena a discurso de culebrero y en materia de ideas todo raya en la más absoluta ausencia. Quedan algunos reportajes y algunas cartas como piezas de arqueología". En general ataca sin piedad al movimiento piedracielista y a los nadaístas (con dos grandes excepciones: Amílcar y Jaramillo Escobar) a los que considera politiqueros, farsantes y nefastos para la poética colombiana.



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No  obstante,  la  lucidez  de  su  crítica  se  encuentra  en  la  valoración  de  las  obras fundamentales de la poesía nacional, que me recuerda la reflexión que hizo Cyril Conelly en su libro Enemigos de la promesa: "la tarea más ardua de la crítica moderna es descubrir quiénes fueron los verdaderos innovadores". De ahí su afortunada lista de las, para él, obras esenciales y renovadoras: Ritos (1914) de Guillermo Valencia, las Crónicas (1924, en prosa) de Luis Tejada, Tergiversaciones (1925) de León de Greiff, Si mañana despierto (1961) de Jorge Gaitán Durán, Morada al sur (1963) de Aurelio Arturo y Poemas de la ofensa (1968) de Jaime Jaramillo Escobar. A este último lo considera el más grande poeta colombiano de todos los tiempos, aunque también le brinda generosos comentarios a otros poetas como Amílcar Osorio, José Manuel Arango, Giovanni Quessep, Elkin Restrepo, Gómez Jattin, Mauricio Contreras Hernández (1960), Fernando Molano Vargas (1961), Antonio Silvera Arenas (1965) y  Edgar Trejos (1969). Con estos últimos, jóvenes y poco conocidos, demuestra generosidad e intuición, y se lamenta de la muerte temprana de Molano (gran novelista también) y de Trejos.

Es decir, Harold cumple otra función del buen crítico: descubrir talentos no consagrados, arriesgarse a incluir voces en desarrollo. Incluso, se atreve a pronosticar que "Silvera es un merecido sucesor de Silva". Veamos un ejemplo que cita. Un fragmento del poema Residencias Luis XV, sin aviso a la calle de Contreras: "Hoy amanecí degollado./ Un tajo limpio,/ una irónica sonrisa de oreja a oreja,/ adornaba mi garganta./ Era de ver mi lengua  colgando  como  corbata/  y  las  de  mis  vecinos  babeando  sobre  la  alfombra/ queriendo meterse en mi cuarto./ La empleada del servicio recoge sábanas/ y cientos de colillas de cigarros/ mientras me aconseja comportarme como un buen muerto/ y no dar esos espectáculos./ Mi ocasional amante chilla/ que todo no es más que un pretexto para no pagarle./ Y mi madre,/ ya la escucho,/ reprochando la desfachatez/ de andar por ahí sin tan siquiera una bufanda./ Claro que si tuviera una bufanda roja/ me colgaría de la viga más alta/ y escribiría un poema titulado el ahorcado del Café Bonaparte".



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Aunque Ajuste de cuentas debería ser reeditado en Colombia y estar a disposición de todos los lectores, estoy seguro que a Harold le pasará lo que le sucedió a Vargas Vila en su época. Las  editoriales comerciales bogotanas lo  vetarán, porque para nuestros caricaturescos editores lo "políticamente correcto" es sinónimo de "congraciarse y humillarse ante el poder". Son estos editores, que inventan genios que no lo son y bautizan a politiqueros de poetas, los que se han encargado de construir un falso canon de mediocres y lameculos que fungen de pensadores e intelectuales. Por eso, solo cuando Alvarado Tenorio esté muerto y ya no genere tanto miedo su lengua viperina, pero lúcida, esta obra tendrá los lectores que se merece y se descubrirá uno de los escasos libros colombianos contemporáneos donde la crítica es autónoma y contundente.

La fascinación de Harold por los poetas más irreverentes y malditos de nuestra literatura es el reconocimiento de su pertenencia a esta misma especie de "hijos de Saturno, de Baco y de Lesbos", como lo fue el "mariguano" de Barba Jacob o el "alucinado" de Jattin. Por eso, sus enemigos, que lo odian y le temen (casi siempre con razón), podrían desear lo que el mismo Alvarado cita de Octavio Gamboa hablando de Antonio Llanos: "A cambio de la cicuta, nuestra sociedad le ofreció su equivalente moderno: el electrochoque". Solo así Harold se volvería dócil, afable y melifluo, como esos seudo intelectuales que ronronean y lamen como perritos de lujo las manos de los poderosos; esos "poetas" que escriben "odas" a sus "amos" mientras saborean las sobras que les arrojan los Señores de la guerra y de la corrupción; esa misma ralea de intelectuales colombianos cuya estirpe ya había identificado el filósofo Fernando González hace décadas: "En Colombia, si un intelectual molesta mucho, lo mejor es conseguirle un empleo, bien o mal remunerado, y con eso basta".

Harold ha sido lo contrario: un "kamikaze" consigo mismo, un anarquista furibundo que no es cierto que sea de izquierdas ni de derechas, un moralista confuciano que escupe y muerde a los poderosos y es generoso y sutil con los débiles. Eso, claro está, envuelto en su ropaje de malevo borgiano, terco, malgeniado y paranoico. Sin embargo, para la auténtica salud de la cultura colombiana, su existencia y la de su libro Ajuste de cuentas son una bocanada de aire fresco en medio de tanto farsante y de libracos best sellers como los de un "genio" actual que escribe y opina de "todo", con la "bonitura" que aman las lectoras de Cromos y la superficial "curiosidad" de los colegiales que encuentran que su erudición está a la altura de los saberes dispersos de Wikipedia y él les sirve, también, para hacer las tareas de la escuela.



jueves, 26 de diciembre de 2013

EPIC SPLIT POR CHUCK NORRIS

jueves, 19 de diciembre de 2013

EL FESTIVAL DE POESÍA DE GRANADA DE NICARAGUA‏




Hace 145 años nació Rubén Dario
Por Harold Alvarado Tenorio

Yo nunca aprendí a hacer versos —dice Rubén Darío (Metapa, 1867-1916) en su Autobiografía —. Ello fue en mí orgánico,  natural, nacido. Niño precoz, versificó en una ciudad, León, donde se rimaba por cualquier acontecimiento: una boda, un deceso, un cumpleaños, una victoria o un fracaso político, la consagración de un obispo o la toma de empleo. Sus versos de entonces imitan a Zorrilla, Campoamor o a Nuñez de Arce, pero también a  Víctor Hugo, el primer poeta francés que se advierte como influencia en su poesía. Son poemas unas veces piadosos otras profanos, nacidos de las contradicciones ideológicas que vivía un niño en una comunidad de fanáticos religiosos y una minoría de liberales y positivistas, artesanos e intelectuales lectores de Rousseau, Montesquieu y Juan Montalvo. Sus temas, los del civilismo latinoamericano: la fe en el progreso, en la democracia, el odio al clero y la iglesia, y los eternos de la poesía: el amor, el paisaje, las explicaciones de los mundos desconocidos, los otros mundos del alma.
Durante su estancia en Chile Darío publicó Azul. . . Ni los cuentos ni los poemas escritos allí se parecen a los que había publicado en Nicaragua. La lectura de los parnasianos, con Leconte de Lisle a la cabeza,  deslumbraron a Darío revelándole la forma escultórica de la estrofa, el colorido de la adjetivación y el brillo de las imágenes precisas. Sus poemas son breves y aun cuando en ellos impere todavía el formalismo clásico, en sus versos y estrofas se siente ya un nuevo espíritu. Ese es el caso de Anagke, la tragedia de una paloma contada en silvas, o deEstival, cuyo asunto es la crueldad del poderoso. Poemas donde Darío se va distanciando del dato concreto para ofrecernos parábolas que interpreten una sociedad o un país, mediante el desvelamiento de sus contradicciones. Sus otros poemas de esta época, los llamados artísticos, magnifican y distorsionan los asuntos, a fin de que sus significados se resuelvan sólo en la conciencia del lector. 

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Alençón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño:
entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos, mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.

(De invierno)

Juan Valera acertó en sus juicios sobre Azul. . ., al señalar que uno de los rasgos maravillosos de la personalidad del autor era no ser ni clásico ni romántico, ni simbolista, ni decadente sino que lo había revuelto todo sacando de ello la quintaesencia que definía su estilo. Pero lo más importante de sus juicios fue decir que la originalidad aparecía en los cuentos y no en los poemas. El cuento parisién, a lo Catulle Mendés, le había proporcionado un modelo ajustado a las visiones artísticas de su tiempo. El fardo, El rey burgués, o La muerte de la emperatriz de la Chinarecuerdan ese estilo de conversación con la cual se trasmite un chisme; una escritura que reconoce la existencia de un mundo nuevo que requiere una nueva forma; un artificio que satisfaga la subjetividad de los nuevos lectores. En El fardo los personajes viven en hacinamientos humanos, entre paredes destartaladas, sobre callejuelas inmundas de mujeres perdidas que deambulan en noches sin luz. El rey burgués es símbolo de la inmensa riqueza, del gusto refinado; un mercader del arte que ignora al poeta y lo abandona a la muerte, en una noche de invierno, mientras él piensa en el Ideal y el día que viene. Un mundo pesimista y una necesidad de acercarse a los abismos de lo desconocido, para crear nuevas mitologías, son el retrato que hace de su tiempo quien creía que el dinero debe ser exclusivamente usado por los artistas.
Un cambio vertiginoso en el crecimiento de las ciudades se produjo en el último cuarto de siglo del XIX. Según Richard Morse[1], la población en Santiago pasó de los ciento treinta a los doscientos cincuenta mil habitantes, mientras la de Buenos Aires alcanzó los ochocientos cincuenta mil. En esta populosa ciudad  desembarcó Darío el 13 de agosto de 1893. Un nuevo tipo de hombre de la calle y de negocios, de hogar y de burdel, habitaba la primera Cosmópolis hispanoamericana. Aventureros que buscaban, como afirma José Luis Romero[2]el ascenso social y económico con apremio, casi con desesperación, generalmente de clase media y sin mucho dinero, pero con una singular capacidad para descubrir dónde estaba escondida, cada día, la gran oportunidad. «Buenos Aires modernísimo —escribiría Darío en 1896[3]— cosmopolita y enorme, en grandeza creciente, lleno de fuerzas, vicios y virtudes, culto y polígloto, mitad trabajador, mitad muelle y sibarita, más europeo que americano, por no decir todo europeo».
La Argentina de Darío, con su capital donde no habían cien personas que comprasen un libro, pero que editaba el periódico más importante del continente, era el resultado de una revolución en los medios de producción. Entre 1860 y 1913 se invirtieron allí 10.000  millones de dólares, el 33% de las inversiones extranjeras en el área. En ese mismo lapso ingresaron al país 3.300.000 personas que se enrolaron en la economía agropecuaria; en 1887 sus vías férreas alcanzaban los 6.200 kilómetros y en 1900 totalizaba los 16.600, mientras las exportaciones pasaron de los 260 millones de dólares en 1875 a los 460 millones en 1900[4].
1896 es el año de la apoteosis de Darío: se publican Los raros y Prosas profanas y otros poemas. Los artículos recopilados en el primer libro habían sido publicados en La Nación, que desde 1888 contaba a Darío como uno de sus corresponsales. Están dedicados a figuras literarias que llamaban la atención de los modernistas o eran sus predilectos. Camile Mauclair, Edgar Allan Poe, Leconte de Lisle, Paul Verlaine, el conde Matías Augusto de Villiers de L´Isle Adam, León Bloy, Jean Ripechin, Jean Moreas, Rachilde, George D´Esparbés, Augusto de Armas, Laurent Tailhade, Fray Domenico Cavalca, Eduardo Dubus, Théodore Hannon, el conde Lautréamont, Paul Adam, Max Nordeau, Ibsen, José Martí y Eugenio de Castro forman esta galería y vademécum de la nueva literatura. Cada reseña de la vida y las obras de los autores es un canto de admiración, con juicios ciertos y valoraciones exactas sobre tan variado conjunto. Es una obra que resume la lucha de Darío por ventilar, con los aires de la nueva generación, el enrarecido ambiente romanticoide de América. Las frases escritas sobre Verlaine parecen un retrato de si mismo:

Verlaine fue un hijo desdichado de Adán, en el que la herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres Enemigos, quien menos mal le hizo fue el Mundo. El Demonio le atacaba; se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La Carne sí, fue invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la lira del pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar, hubiera podido buscarse en su huella, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aún pasar las visiones de las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del monte sagrado: Viens nous en!...  Y ese carnal pagano aumentaba su lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica de la culpa.

Prosas profanas, está precedido por un prólogo donde Darío proclama, entre otras preferencias, su amor por la novedad a condición de que sea inactual; exalta el yo desdeñando las mayorías; declara la supremacía del sueño sobre la vigilia y la del arte sobre la realidad, pregonando su horror por el progreso, la técnica, el presente y la democracia: ... vereís en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de paises lejanos o imposibles; ¡qué quereís!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer; y a un presidente de la República no podré saludarle en el idioma en que te cantara a ti, ¡oh Halagabal!, de cuya corte — oro, seda, mármol — me acuerdo en sueños.... (Si hay poesía en nuestra  América, ella está en las cosas viejas: en Palenke y Utlatán, en el indio legendario, y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman.)
Darío recoge en este volumen los motivos que más le dieron prestigio: la nostalgia de los parques del setecientos, los abates galantes, las marquesas crueles, las elegancias a lo Watteau, la princesa que aguarda al feliz caballero que la adora sin verla y viene a encenderle los labios con un beso de amor; los efebos criminales parecidos a los satanes verlenianos, los cisnes simbólicos y elegantes. La búsqueda de la expresión se hace en base a una musicalidad, que imprime a las palabras, más allá de su sentido lógico, grandes sugerencias. El helenismo, a lo parnasiano, está expresado en idilios de espléndido y artificioso virtuosismo donde lo pintoresco se funde con relieves escultóricos y las evocaciones, clasicistas, están unidas a imágenes españolas de gran colorido, precioso y refinado. Pero es también, sustancialmente, un prodigioso repertorio de ritmos, formas, colores y sensaciones. Sus innovaciones métricas y verbales son deslumbrantes. Pedro Henríquez Ureña[5] , en un comentario a la obra de Darío, en 1905, enumera, entre otras, las siguientes: resurrección del endecasílabo anapéstico y el provenzal; ruptura de la división rígida de los hemistiquios de alejandrino; auge del eneasílabo y el dodecasílabo; cambios de acentuación; invención de versos largos; mezcla de distintas medidas con una misma base silábica, ternaria o cuaternaria; versos amétricos y retorno a las formas tradicionales del verso hispánico.
El placer, sostiene Octavio Paz[6] , es el tema central de Prosas profanas:

La mujer lo fascina. Es colina, tigre, yedra, mar, paloma; está vestida de agua y de fuego y su desnudez misma es vestidura. Es un surtidor de imágenes: en el lecho se "vuelve gata que se encorva" y al desatar sus trenzas asoman, bajo la camisa, "dos cisnes de negros cuellos". Es la encarnación de la "otra" religión: "Sonámbula con alma de Eloísa, en ella hay la sagrada frecuencia del altar". Es la presencia sensible de esa totalidad única y plural en la que se funden la historia y la naturaleza:

...fatal, cosmopolita,
universal, inmensa, única, sola
y todas; misteriosa y erudita; ámame mar y nube, espuma y ola.

En abril de l900 y por encargo de La Nación Darío llegó a París para cubrir los eventos de la Exposición Universal. Allí viviría por algunos años. La Ciudad Luz  arde en esplendor. Sus crónicas sobre el acontecimiento  son juicios valorativos sobre los diferentes sectores y en especial del artístico, como los que emite sobre la muestra de Rodin, quien, para Darío, no es un solo creador sino dos: el inventor de la belleza, clásico y comprensible y el otro, surgido de las mismas fuentes de la naturaleza, el que ha esculpido el Pensador. Pero su entusiasmo por el mundo europeo va decayendo poco a poco, a medida que confirma la ruina de unas sociedades que realizarían las mas horrendas guerras del mundo moderno. El uno de enero de 1901, en Reflexiones sobre el Año Nuevo parisiense, aseguró:

No hay mayor contraste que el de esta riqueza y placer insolentes, y este frío en que tanto pobre muere y tanto crimen se comete, de manera que las bombas que de cuando en cuando suenan en el trágico y aislado  sport de algunos pobres locos, vienen a resultar ridículas e inexplicables. Esto no se acabará sino con un enorme movimiento, con aquel movimiento que presentía Enrique Heine, "ante el cual la Revolución Francesa será un dulce idilio.

Son estos los años cuando Darío toma conciencia clara de ser latinoamericano. Junto a los hermanos Cuervo, Vargas Vila, Blanco Fombona, Díaz Rodriguez, Tamayo, Nervo o Ugarte y Estrada había descubierto que el París y la vida parisina que tanto amaron les ignoraba. Salutación del optimista, escrito para un acto en el Ateneo madrileño, organizado por la Unión Iberoamericana, es una premonición del caos que estaba a las puertas de la historia:

Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe.

Cantos de vida y esperanza  es el más importante de sus libros. En el prólogo enfatiza en la continuidad de su tarea realizada e insiste en el carácter personal de sus hallazgos. Aparte de sus novedades formales, es un retorno a las preocupaciones  y actitudes anteriores a Azul...: la política, el amor por lo hispano y el recelo ante los Estados Unidos. Cyrano en España, Retratos, Trébol, Un soneto a Cervantes, A Goya, y Letanía a Nuestro Señor Don Quijote intentan una revalidación de la cultura española. Su visión del pasado y el presente abarca las civilizaciones abolidas, los conquistadores y los héroes de las gestas independentistas. Ve el peligro que representan los Estados Unidos como un conflicto  entre civilizaciones: la norteaméricana  es joven, agresiva, nórdica, pragmática, protestante; la nuestra, heredera  de dos antiguas civilizaciones en descenso. En A Roosevelt, al optimismo yanqui, opone el alma de la América Hispana que sueña, vibra y ama. Son poemas que buscan las razones de una esperanza en nuestro futuro. Su otra preocupación es la religiosa. El nuevo Ideal está asociado a la fe, como en Los tres reyes magos oCanto de esperanza. Ante el poderío norteaméricano y el apocalipsis inminente, fe y poesía son caminos para acercarse al misterio, a lo inefable del porvenir:

¡Torres de Dios! ¡Poetas!
¡Pararrayos celestes
que resistís las duras tempestades,
como crestas escuetas,
como picos agrestes,
rompeolas de las eternidades!
La mágica esperanza anuncia un día
en que sobre la roca de armonía
expirará la pérfida sirena.
¡Esperad, esperemos todavía!
(Cantos)

En la obra y la vida de Darío se resume todo el proceso del Modernismo, y es uno de los más vivos testimonios de las preocupaciones del alma hispánica en una época cuando nuevas generaciones de latinoamericanos no se encontraban a gusto bajo el tutelaje de las culturas dominantes en Europa y América. Desde el repudio a la realidad y su inicial refugio en mundos mitológicos y exóticos, hasta el reencuentro con las preocupaciones sociales y la formulación de las eternas preguntas sobre el arte, el placer, el amor, el tiempo, la vida, la muerte o la religión, hay en él un poeta que comprendió, a cabalidad y con la imaginación, la hora y el espacio que le tocó vivir.


Harold Alvarado Tenorio






[1]The Urban Development of Latin America 1750-1920, Stanford, 1971.

[2]Latinoamérica: las ciudades y las ideas, México, 1976, pg., 264
[3]Introducción a Nosotros, de Roberto J. Payró, en Escritos inéditos de Rubén Darío,New York, 1938, pg.,101
[4]Ver: El positivismo y el progreso material (1870-1890), en Historia General de América, de Francisco Morales Padrón, tomo IV, pgs., 395-421, Madrid, 1982.
[5]Rubén Darío, en Obra crítica, México, 1960, pgs., 97-100.
[6]El caracol y la sirena, en Cuadrivio, México, 1972, pg., 41

martes, 17 de diciembre de 2013

Los poetas y “la república del viento”


por Harold Alvarado Tenorio


República del viento
Antología de poetas colombianos nacidos en los años sesenta
Prólogo y selección de Jorge Cadavid
Ediciones Universidad de Antioquia
Medellín, 2013

Dispersos, acríticos, afásicos, la gran mayoría de los supuestos poetas de la “república del viento” han adoptado diversas posturas delicuescentes a fin de no enfrentar ni las realidades de la historia ni las tradiciones de la lengua, rotas, por la demolición de la nacionalidad desde las altas esferas del estado. Desconfiando de su capacidad para comunicarse con el otro, eliminando los nexos sintácticos del discurso, adictos a la catacresis y los hermetismos metafóricos, sus “poemas” no son cosa distinta a una suerte de palimpsestos, o paráfrasis de textos de sus “maestros”, parodias, pastiches, bricolajes confeccionados con germanías y galimatías sintácticas e ideológicas, sin ritmo ni melodía, que conducen al lector desde los despeñaderos y vacíos de la conciencia a una angustia de no saber para dónde vamos y menos de dónde venimos. “Puede que nunca antes se haya presentado una situación tan desgarrada y ambigua en la poesía colombiana, de un descreimiento en las posibilidades del mundo, y, al mismo tiempo, un doble descreimiento en las posibilidades del lenguaje para reunir o agujerear ese mundo”, ha escrito en Una generación sin rostro, el periodista Santiago Espinosa.

Esa es la diagnosis aplicable a la “poética” de los líderes de esta camada de los noventa cuyo proyecto más ambicioso que se conozca hasta la fecha lleva por título Visiones, representaciones y presencia de la nueva poesía colombiana, 1980-2010, inscrita en la OFI de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, por el Doctor en Filosofía de la Universidad de Sevilla, Jorge Hernando Cadavid Mora, con la colaboración del químico farmaceuta Juan Felipe Robledo y el doctor de la Universidad de Iowa Oscar Torres, receptores de numerosos premios de poesía. Cadavid es Premio Euclides Jaramillo (1995), José Manuel Arango (2005), por el cual recibió acusaciones de plagio, Eduardo Cote Lamus (2003) y Universidad de Antioquia (2008). Robledo es Premio Jaime Sabines (1999), Premio Ministerio de Cultura (2001) y Torres Premio Colcultura (1992) y Ministerio de Cultura (1997), todos incluidos en la antología del primero titulada La República del Viento (2012), cinco señoras más treinta y un señores y sin ningún pudor ni recato, el mismo antólogo.  

Cadavid ha expuesto en un bricolaje de despojos de párrafos sobre La poesía y el silencio, [Celorio:Hacia una poética del silencio; Gadamer: Acerca de la verdad de la palabraArte y verdad de la palabra; Heidegger: Hölderlin y la esencia de la poesía; Hua Hu Ching: Las últimas enseñanzas de Lao Zi; Lao Zi/Chuan Zu, maestros del taoísmo; Ricoeur: De la hermenéutica del texto a la hermenéutica de la acción; etc.] que no cita y tergiversa, titulado La poesía silente [El Meridiano de Córdoba, Montería, 24 de octubre de 2012], la doctrina que justificaría la ausencia de sentido de sus textos y las fanfarronerías y sandeces en numerosos de los que reúne en La República del Viento. Ignorando las milenarias tesis de Confucio sobre la necesidad de rectificar los nombres porque tiempos y espacios rompen la unidad entre el nombre y el significado: “Si los nombres no son los adecuados no se ajustaran a lo que representan, y el pueblo no sabrá como obrar”; ignorando la historia y el presente, Cadavid justifica la abolición de las tradiciones de la lengua con el cuento de que “escribir que no se puede escribir es también escribir. El silencio de la escritura, unido a la desconfianza por el lenguaje lleva al poeta a adorar el silencio como idea, como quimera. Solo la pulsión negativa, solo del laberinto del NO surgirá una poética del silencio estético…”, todo un desorden de ideas extraídas con pinzas de los desvaríos teóricos del gallego José Angel Valente, un seudo poeta místico que predicada como doctrina estética el sincretismo entre la cábala, el sufismo y el misticismo católico duchado con taoísmo y budismo zen. La Osteraicer ornamental del poema contemporáneo, para no hablar ni pensar del presente y menos de la historia personal de su existencia sin experiencias, solo habitadas por las citas académicas consumidas en las vigilias de ratón de biblioteca, le conduce inexorable, a vivir de los arquetipos de lo inefable, del vacío y de la nada. Es decir, del pendejismo y la majadería.

Porque para el entomólogo, pamplonita abúlico y lelo cenobita, el prodigio de la lectura en voz alta no existe, no acontece, no se ejecuta. El hechizo al que someten las palabras, el encantamiento de pronunciarlas, el mundo que revelan, el sonido, el ritmo, los tonos, imágenes, símiles, coloraturas, recursos expresivos, metáforas, los símbolos expuestos y connotados, única manera de decir lo que se dice y el momento irrepetible de su ejecución no dejan ni una huella, ni una mancha en el alma de este abandonado de la vida, esclavo de la cita, el inciso y la componenda.

Piedad Bonnett [Amalfi, 1951] ha sido considerada, por sus correspondencias entre la vida sentimental y los sofocones del erotismo en una señora bien de una sociedad patriarcal, la Lucila Godoy de la “República del viento”. Feminista, intrigante, ladina como la chilena, la señora Bonnett, que en los últimos tiempos se ha dedicado a confeccionar novelas para una editorial española, narrando episodios dolorosos de sus relaciones familiares o de la vida y la muerte de algunos de sus parientes, fue filo maoísta en su juventud aun cuando pertenecía a una familia pudiente del mundo rural. Su poesía “quiso socavar el discurso legitimador del arte de élite” mediante ciertas monerías que emiten las señoras mientras recuerdan los desengaños sentimentales, curando sus angustias mediante un ansia de sexo irreprimible que sólo termina por realizarse en los relentes del lenguaje. Una belleza donde resplandece, ciega, la carne madura e insaciada. Sexualidad transfigurada en metáfora. “Yo pensaba que el mundo era cosa de hombres, /mientras mis senos/ crecían en abierta rebeldía”, dice en uno de sus textos la señora Bonnett. Así, con estos postulados “pretende derrumbar la institucionalidad de la familia o el sexo”, eso sí, siempre y cuando la de ella siga intacta, con su marido obediente y ella haciendo hostias. Frases hechas, lugares comunes, tazas cotidianas de café, bufandas tejidas por las tías que se quedan sin usar, cosas anodinas, hombres mustios cuyas historias revelan las anonimias de su aflicción:

Es el soñado,
el hecho de retazos miserables,
de descripciones de otros,
Frankestein del deseo,
el de la hoja de vida imaginaria
y la conversación imaginaria
y la carta de amor imaginaria,
el que se niega
a ser como los otros
pero es todos los otros y ninguno,
muerta literatura,
y la literatura, ya sabemos
está hecha por dioses pequeños e impacientes
y a menudo rabiosos
que adoran lo que existe y sin embargo
viven de consagrar lo que no existe.

Otro tanto con Jhon Galán Casanova. Incapacitado para hacer una crónica del desgarramiento de una sociedad sometida al crimen y la corrupción, o comprender la rotura entre cultura y espectáculo, el mimado bogotano ha optado, como su par igual patojo Felipe García Quintero, por ofrecer un monólogo, texto y artefacto confeccionado para exprimir fondos de las varias bolsas y rifas del verso que ofrecen el Ministerio de Cultura y las Secretarías de los grandes municipios.  Aterrorizados ante cualquier forma de compromiso con la realidad o la vida, derrotados y defraudados, excepto por la convicción de que “todo vale” cuando se hace parte del establecimiento, sus libros son ataúdes atestados de majaderías, gilipolleces, bobadas, retruécanos, mal aliento, pulgas y piojos que se ofrecen entre sí como maravillosos actos vanguardistas dignos de Simias de Rodas, Rabelais, Carroll, Nodier, Huidobro y Vallejo. No se han dado cuenta que desarticulando el lenguaje y sus escasas posibilidades combinatorias todo termina en un rosario de metáforas y neologismos que nos sumergen en la nada, un mundo que no puede expresarse pues la algoritmia sintáctica y prosódica borra la realidad y la torna mera apariencia, un juego combinatorio que nos anula, como en esta obra maestra de Galán Casanova titulada LI poemas para Li:

-¡Humano, demasiado humano!
-Demasiado humo, mi hermano…

la alambrada, los cables desgastados
la hidroeléctrica, el nevado
el gas, el agua tibia, la tubería
glucosa, lácteos
detergentes, dentiífrico, níquel, litio
TO-SHIVA, PANA-SONY
J. S. Bach, W. A. Mozart, L. A. Calvo
CNÑ, Telesur, Google, Los Simpson
mensajes de voz, de texto
petróleo
la línea blanca de la carretera con li al
volante
ganja, humo, alquitrán
las pavesas exultantes de la pipa
todos mis renglones, axones y dendritas
alerta junto a la ventanilla

paisaje humano,
demasiado humano de este libro

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